martes, 6 de diciembre de 2011

Fórmula matemática para la canción vocal contemporánea



Ya he dedicado con anterioridad alguna entrada relativa al concepto "buena canción". Y es que dada la cantidad de propuestas musicales que nos bombardean diariamente, es poco menos que una obsesión tratar de separar el grano de la paja, y lo que es más importante, intentar enseñar a cada potencial melómano unos criterios para poder realizar esa tarea por sí mismo. Por eso, y aprovechando que en el fondo la música se basa totalmente en las ciencias matemáticas (escala pentatónica, compases de igual duración, beats per minute, etc.) me parece útil definir una fórmula matemática de referencia, para poder evaluar cualquier canción que tenga una parte vocal de 0 a 10 (si no hubiera parte vocal, la evaluación se haría de 0 a 8 y se ponderaría correspondientemente).

Así, después de haber escuchado muchos miles de composiciones y haberle dedicado un tiempo considerable a reflexionar sobre este asunto, la fórmula propuesta, ordenada por los pesos descendentes de sus distintos componentes, es la siguiente:

Acordes: 3 puntos
Melodía principal: 2 puntos
Instrumentación y arreglos: 2 puntos
Interpretación vocal: 1 puntos
Letra: 1 puntos
Virtuosismo: 0,5 puntos
Duración: 0,5 puntos

Como pueden comprobar, según dicha fórmula la máxima puntuación sería 10 puntos. Pasemos a revisar mínimamente cada componente y el porqué de su peso:

Acordes: en mi opinión el elemento más importante. Entendiendo por acorde el conjunto de dos o más notas diferentes que suenan simultáneamente (o en sucesión) constituyendo una unidad armónica, la selección de una o preferiblemente varias secuencias de acordes (la llamada progresión armónica) causa automáticamente en el oyente un impacto emocional incuestionable. Con una buena progresión armónica es difícil tener una mala canción, por eso los 3 puntos. Lamentablemente los acordes son finitos y la mayoría de los artistas se limita a una parte pequeña de ellos: díadas (quintas) y tríadas (mayores o menores), lo que limita las posibilidades creativas. Sólo así se explica la prácticamente infinita cantidad de temas que recurren al manido DO-FA-SOL con los tres acordes mayores (o MI-LA-SI, si lo prefieren) y que constituyen el cuerpo de prácticamente todos los temas de blues. Componer una buena y original progresión armónica es muy complicado, pero aun hoy existen privilegiados para los que parece algo fácil.

Melodía principal: no son infrecuentes las canciones en las que una progresión armónica emocionante se ve en cierta medida arruianada por una melodía pobre, de muy pocas notas, repetitiva en exceso... Y es que son infinitas las posibilidades de crear melodías diferentes sobre los mismos acordes, de ahí la riqueza de la música. Por supuesto que las posibilidades vocales del intérprete pueden restringir la riqueza de la melodía (no está al alcance de todos el recurso típico de interpretar la misma nota una octava más alta), pero más que el rango de frecuencias cubierto lo que confiera magia a la melodía es su armonía, su evolución natural, su lógica matemática incluso... algo así como si probáramos a silbarla, sin ningún otro acompañamiento, y nos siguiera resultando reconocible y disfrutable.

Instrumentación y arreglos: la inmensa mayoría de temas de cualquier estilo de música contemporánea se componen con guitarra o piano, porque son instrumentos que permiten ejecutar con comodidad la progresión armónica en la que se esté trabajando. Ahora bien, una vez creada la canción (con sus acordes y su melodía principal), lo que se espera es que, bien su creador, bien sus intérpretes, bien el productor y los ingenieros en el estudio de grabación, la enriquezcan para sacarle el máximo partido, y no se limiten a darla por terminada en esa fase inicial. Hoy en día las posibilidades son innumerables: no sólo por la cantidad y calidad de los diferentes instrumentos acústicos, eléctricos y electrónicos existentes, sino porque las nuevas tecnologías permiten hacer miles de probaturas hasta obtener el sonido deseado. Usando un símil de otro arte, la pintura: ¿para qué limitarnos a un bonito boceto en carboncillo cuando podemos jugar con los pinceles y los colores para obtener un cuadro sobrecogedor?

Interpretación vocal: es muy frecuente encontrar a melómanos que sobreestiman la importancia de la interpretación vocal, como si por sí sola pudiera sostener una canción. Desgraciadamente pienso que no es así. Obviamente es un añadido que, en su estilo, un cantante adapte (y no exhiba) sus cualidades vocales a la melodía principal en cuestión, aumentando su capacidad de emoción. Pensemos, por ejemplo, en Chris Cornell para el rock duro, o en Martha Walsh para el dance soul. Pero abundan los grandes intérpretes que fracasan a la hora de entregar grandes canciones (desde Celine Dion a Christina Aguilera). Y no sólo eso, no son infrecuentes quienes pretenden exhibir sus cualidades por encima de la propia composición (Antony, de Antony and the Johnsons, por poner un ejemplo), reduciendo el impacto de la misma y a menudo irritando al oyente con sus trémolos, gorgoritos o recorridos de notas por las escalas al margen de la melodía principal.

Letra: seguro que todos ustedes han escuchado que un artista es "muy bueno" porque escribe unas letras "muy buenas". Desde Bob Dylan a Joaquín Sabina. Discrepo totalmente de esa visión: la música es música (ritmo, acordes, notas, interacción de instrumentos) y la letra es solamente un complemento. El hábitat natural de la palabra (la poesía, si se permite la extrapolación) es el papel. Indudablemente nos gusta que las canciones nos sugieran situaciones emocionantes, o nos relaten historias con las que nos identificamos. Pero es difícil que un buen compositor sea también un buen letrista, y lo realmente importante es que la música nos llegue. Así que si las frases de la letra no riman, o se repiten en demasía, o incluso si ni siquiera las comprendemos porque no dominamos el idioma, podemos convivir con esa situación y seguir disfrutando casi igualmente de la canción.

Virtuosismo: cada vez menos, pero también hay quien sobrevalora este elemento. Por supuesto es una delicia escuchar a Jimi Hendrix tocando a la vez riffs excepcionales y los acordes de Voodoo Chile, pero es la canción en sí (acordes, melodía e instrumentación) la que sostiene dicha exhibición. Y si no, prueben a escuchar algunas de las composiciones del álbum Band of Gipsies del propio Hendrix, lo vacías que suenan por mucho virtuosismo que le aplique. Los solos de bajo de Prince, de guitarra de Mark Knopfler o de piano de Tori Amos nos emocionan porque llevan a la máxima expresividad sus creaciones. Pero piénsese en la cantidad de músicos virtuosos (desde Joe Satriani a Kenny G) que apabullan al oyente con su dominio del instrumento, pero no consiguen emocionarlo, porque el virtuosismo no deja de ser un pequeño añadido.

Duración: cada vez más, las composiciones que se publican en los últimos años abusan de una única progresión armónica de tres o cuatro acordes, repetida sin piedad durante cuatro, cinco o seis minutos. Esa repetición exagerada oculta, en mi opinión, las limitaciones creativas del compositor para enriquecer esa progresión con otros acordes, otras tonalidades, otros giros que aumenten el impacto emocional de su creador. Lo mismo aplica para los estribillos repetidos ocho o nueve veces, o para los temas de música dance que pasan la mitad o más de su duración repitiendo sin piedad la misma base rítmica, sin apenas cambios ni enriquecimientos. Hay que saber explotar al máximo la composición, sí, pero sin saturar por reiteración. Y es que, como dice el refrán, lo bueno, si breve...

Eso es todo. Espero que mi fórmula y las reflexiones que la han acompañado les sirvan para valorar mejor las canciones que escuchen a partir de ahora.

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